DE LA
NECESIDAD DE CONOCERNOS
A NOSOTROS
MISMOS
Autor: Dr. Alexis Carrel
Del libro: La Incógnita del hombre
I
La ciencia de los seres vivos ha progresado más lentamente que la
materia inanimada. – Nuestra ignorancia de nosotros mismos
Hay una desigualdad
extraña entre las ciencias de la materia inerte y la de los seres vivientes. La
astronomía, la mecánica y la física tienen, en su base, conceptos susceptibles
de expresarse de manera concisa y elegante en lenguaje matemático. Han dado al
universo las líneas armoniosas de la Grecia antigua. Lo envuelven todo en la
brillante redecilla de sus cálculos y de su hipótesis. Pero siguen la realidad
más allá de las formas habituales del pensamiento hasta las más inexpresables
abstracciones hechas únicamente con ecuaciones de símbolos. No ocurre otro
tanto con las ciencias biológicas. Aquellos que estudian los fenómenos de la
vida se sienten como perdidos en una selva inextricable, como en medio de un
mágico bosque cuyos innumerables árboles cambiaran sin cesar de sitio y de
forma. Se sienten literalmente aplastados bajo un conjunto de hechos que logran
describir pero que no son capaces de definir por medio de fórmulas algebraicas.
De las cosas que se encuentran en el mundo material, ya sean átomos o
estrellas, nubes o rocas, agua o acero, se han podido abstraer ciertas
cualidades tales como el peso y las dimensiones espaciales. Son estas
abstracciones, y no los hechos concretos, los que constituyen la materia del
razonamiento científico. La observación de los objetos no constituye sino la
forma inferior de la ciencia, la forma descriptiva, aquella que establece la
clasificación de los fenómenos. Pero las relaciones constantes entre las
cantidades variables, es decir las leyes naturales, aparecen únicamente cuando
la ciencia se torna más abstracta. La física y la química han logrado un éxito
tan grande como rápido porque son abstractas y cuantitativas. Aunque no
pretendan darnos noticia sobre la naturaleza de las cosas, nos permiten
predecir los fenómenos y reproducirlos cuando así lo deseamos. Revelándonos el
misterio de la constitución de las propiedades de la materia, nos han dado el
dominio de casi todo lo que se encuentra en la superficie de la tierra, con
excepción de nosotros mismos.
La ciencia de los
seres vivientes en general, y del individuo humano en particular, no ha
progresado bastante. Se encuentra en estado descriptivo. El hombre es un todo
indivisible de una extrema complejidad. Es imposible lograr de él una
concepción simple. No existen métodos capaces de asirlo a la vez en su
conjunto, sus partes y sus relaciones con el mundo exterior. Su estudio debe
ser abordado por técnicas variadas porque se utilizan varias ciencias
distintas. Cada una de estas ciencias conduce naturalmente a una concepción
diferente de su objeto. Cada una no abstrae de él sino lo que la naturaleza de
su técnica le permite alcanzar. Y la suma de todas estas abstracciones es menos
rica que el hecho concreto. Queda un residuo demasiado importante para dejarlo
de lado. Porque la anatomía, la química, la fisiología, la psicología, la
pedagogía, la historia, la sociología, la economía política y todas sus ramas
no agotan el tema. El hombre que conocen los especialistas no es pues el hombre
concreto, el hombre real. No es más que un esquema compuesto con esquemas
construidos por las técnicas de cada ciencia. Es, a la vez, el cadáver disecado
por los anatomistas, la conciencia que observan los psicólogos y los amos de la
vida espiritual, y la personalidad que la introspección revela en cada uno de
nosotros. Estas sustancias químicas que componen nuestros tejidos y los humores
del cuerpo, es el prodigioso conjunto de células y líquidos nutritivos cuya
asociación estudian los fisiólogos. Es el conjunto de órganos y de conciencia
que se extiende en el tiempo y que los higienistas y educadores procuran
dirigir hacia su desarrollo óptimo. Es el Homo oeconomicus que
debe consumir sin cesar a fin de que puedan funcionar las máquinas de las
cuales es esclavo. Es también el poeta, el héroe, el santo. Es, no solamente el
ser prodigiosamente complejo que los sabios analizan por medio de sus técnicas
especiales, sino también la suma de las tendencias, de las suposiciones y de
los deseos de la humanidad. Las concepciones que tenemos de él están
impregnadas de metafísica. Se componen de tantas y tan imprecisas indicaciones
que es grande la tentación, cuando elegimos, de tomar aquellas que más nos
placen. Así, pues, nuestra idea del hombre varía según nuestros sentimientos y
nuestras creencias. Un materialista y un espiritualista aceptan la misma
definición de un cristal de cloruro de sodio, pero no se entienden sobre el ser
humano. Un fisiólogo mecanicista y un fisiólogo vitalista no consideran el
organismo de la misma manera. El ser viviente de Jacques Loeb difiere
profundamente del de Hans Driesch. Ciertamente la humanidad ha hecho un
gigantesco esfuerzo por conocerse a si misma. Aunque poseemos el tesoro de las
observaciones acumuladas por los sabios, los filósofos, los poetas y los
místicos, no hemos cogido sino aspectos o fragmentos del hombre. Y todavía
estos fragmentos son creados por nuestros métodos. Cada uno de nosotros no es
más que una procesión de fantasmas en medio de la cual marcha la realidad
inconocible.
En efecto, nuestra
ignorancia es enorme. La mayor parte de las preguntas que se hacen a aquellos
que estudian a los seres humanos permanecen sin respuesta. Regiones inmensas de
nuestro mundo interior son aún desconocidas. ¿Cómo se agencian las moléculas de
las sustancias químicas para formar los órganos complejos y transitorios de las
células? ¿Cómo determinan los genes contenidos en el huevo fecundado
los caracteres del individuo que deriva de este huevo? ¿Cómo se organizan las
células por si mismas en esas sociedades que son los tejidos y los órganos? Se
diría que, a ejemplo de las hormigas y las abejas, conocen de antemano el papel
que deben representar en la vida de la comunidad. Pero ignoramos los mecanismos
que les permiten construir un organismo complejo y simple. ¿Cuál es la
naturaleza de la duración del ser humano, del tiempo psicológico y del tiempo
fisiológico? Sabemos que somos un compuesto de tejidos, de órganos, de líquidos
y de conciencia. Pero las relaciones de la conciencia con las células
cerebrales, constituyen todavía un misterio. Ignoramos aún la fisiología de
estas últimas. ¿En qué medida puede el organismo ser cambiado a voluntad? ¿Cómo
obra el estado de los órganos sobre el espíritu? ¿De qué manera los caracteres
orgánicos y mentales que cada individuo recibe de sus padres se modifican por
el modo de vida, las sustancias químicas de los alimentos, el clima y las
disciplinas fisiológicas y morales?
Estamos lejos de
conocer las relaciones que existen entre el desarrollo del esqueleto, de los
músculos y de los órganos, las actividades mentales y espirituales. Ignoramos
absolutamente lo que determina el equilibrio del sistema nervioso y la
resistencia a las fatigas y a las enfermedades. Ignoramos también la manera de
aumentar el sentido moral, el juicio, la audacia. ¿Cuál es la importancia
relativa de las actividades intelectual, moral, estética y mística? ¿Cuál es la
significación del sentido estético y religioso? ¿Cuál es la forma de energía
responsable por las comunicaciones telepáticas? Existen seguramente ciertos
factores fisiológicos y mentales que determinan la felicidad o la desdicha de
cada cual. Pero son desconocidos. No sabemos aún qué medio es el más favorable
para el óptimo desarrollo del hombre civilizado. ¿Es posible suprimir la lucha,
el esfuerzo y el sufrimiento en nuestra formación fisiológica y espiritual?
¿Cómo impedir la degeneración de los individuos en la civilización moderna?
Gran número de otras preguntas podrían hacerse sobre los objetivos que más nos
interesan. Pero permanecerían sin respuesta igualmente.
Es evidente que el
esfuerzo cumplido por todas las ciencias que tienen por objeto al hombre, es
insuficiente, y que el conocimiento de nosotros mismos es aún demasiado
incompleto.
II
Esta ignorancia es debida al modo de existencia de nuestros antepasados,
a la complejidad del ser humano, a la estructura de nuestro espíritu
Parece que nuestra
ignorancia es atribuible, a la vez, al modo de existencia de nuestros
antepasados, a la complejidad de nuestra naturaleza y a la estructura de
nuestro espíritu. Ante todo, era preciso vivir, y esta necesidad exigía la
conquista del mundo exterior. Era imperativo alimentarse, preservarse del frío,
combatir a los animales salvajes y a los otros hombres. Durante inmensos
períodos, nuestros padres no tuvieron tiempo ni necesidad de estudiarse a sí
mismos. Emplearon su inteligencia en fabricar armas y útiles, en descubrir el
fuego, en domar a los bueyes y a los caballos, en inventar la rueda, la cultura
de los cereales, etc. etc. Mucho tiempo antes de interesarse en la constitución
de su cuerpo y de su espíritu, contemplaron el sol, la luna, las estrellas, las
mareas, la sucesión de las estaciones. La astronomía estaba ya muy avanzada en
una época en que la fisiología era totalmente desconocida. Galileo redujo la
tierra, dentro del mundo, al rango de un humilde satélite del sol cuando no se
poseía aún ninguna noción de la estructura de las funciones del cerebro, del
hígado o de la glándula tiroides. Como en las condiciones de la vida natural el
organismo funciona de manera satisfactoria sin tener necesidad de ningún
cuidado, la ciencia se desarrolla en la dirección en que la impulsa la
curiosidad del hombre, es decir hacia el mundo exterior.
De tiempo en tiempo,
entre los millares de individuos que se suceden sobre la tierra, algunos
nacieron dotados de raros y maravillosos poderes, la intuición de las cosas
desconocidas, la imaginación creadora de los mundos nuevos y la facultad de
descubrir las relaciones ocultas que existen entre los fenómenos. Estos hombres
excavaron el mundo material, el de la constitución sencilla, que cedió
rápidamente al ataque de los sabios y entregó algunas de sus leyes. Y el
conocimiento de estas leyes nos dio el poder de explotar en nuestro provecho la
materia. Las aplicaciones prácticas de los descubrimientos científicos son a la
vez lucrativas para aquellos que las desarrollan y agradables al público para
quien facilitan la existencia y aumentan el confort. Naturalmente cada cual se
interesa mucho más en los inventos que hacen menos penoso el trabajo, aceleran
la rapidez de las comunicaciones y disminuyen la dureza de la vida, que
aquellos que aportan con sus descubrimientos alguna luz a los problemas tan
difíciles de la constitución de nuestro cuerpo y de nuestra conciencia. La
conquista del mundo material hacia la cual la voluntad y la atención de los
hombres se ha dirigido constantemente, hizo olvidar casi por completo la
existencia del mundo orgánico y espiritual. El conocimiento del medio cósmico
era indispensable, pero el de nuestra propia naturaleza se mostraba de una
utilidad mucho menos inmediata. Sin embargo, la enfermedad, el dolor, la
muerte, aspiraciones más o menos vagas hacia un poder oculto y dominante del
universo visible, atrajeron en débil medida la atracción de los hombres sobre
el mundo exterior de su cuerpo y de su espíritu. La medicina no se ocupa primero
sino del problema práctico de dar alivio a los enfermos por medio de recetas
empíricas. Recién viene percibiendo que, para prevenir o curar enfermedades, el
medio más seguro es conocer el cuerpo sano y enfermo, es decir, de construir
las ciencias que llamamos anatomía, química biológica, fisiológica y
patológica. Sin embargo, el misterio de nuestra existencia, el sufrimiento
moral, y los fenómenos metapsíquicos, les parecieron a nuestros antepasados más
importantes que el dolor físico y las enfermedades. El estudio de la vida
espiritual y el de la filosofía atrajeron un número mucho mayor de hombres que
el de la medicina. Las leyes de la mística fueron conocidas antes que lo fueran
las de la fisiología. Pero las unas y las otras no vieron la luz sino cuando la
humanidad tuvo el tiempo necesario de dirigir un poco su atención a la
conquista del mundo exterior.
Hay otra razón para
la lentitud del conocimiento de nosotros mismos. Es la disposición misma de
nuestra inteligencia que ama la estructura de las cosas sencillas. Sentimos una
especie de repugnancia de abordar el estudio demasiado complejo de los seres
vivientes y del hombre. La inteligencia, ha escrito Bergson, se caracteriza por
una incomprensión natural de la vida [[1]]. Gustamos de encontrar en el cosmos
las formas geométricas que existen en nuestra conciencia. La exactitud de las
proporciones de los monumentos y la precisión de las máquinas, constituye la
expresión de un carácter fundamental de nuestro espíritu. Es el hombre quien ha
introducido la geometría en el mundo terrestre. Los procedimientos de la
naturaleza no son jamás tan precisos como los nuestros. Buscamos
instintivamente en el universo, la claridad y la exactitud de nuestro
pensamiento. Procuramos abstraernos de la complejidad de los fenómenos de los
sistemas sencillos cuyas partes están unidas por relaciones susceptibles de ser
tratadas matemáticamente. Es esta propiedad de nuestra inteligencia la que ha
causado los progresos tan sorprendentemente rápidos de la física y de la química.
Un éxito análogo ha señalado el éxito psico-químico de los seres vivientes. Las
leyes de la física y de la química son idénticas en el mundo de los vivos en
los de la materia inerte como lo pensaba ya Claude Bernard. Por ello se ha
descubierto, por ejemplo, que las mismas leyes expresan la constancia de la
alcalinidad de la sangre y del agua del Océano, que la energía de la
contracción del músculo está provista por la fermentación del azúcar, etc. Es
también tan fácil de estudiar el aspecto psico-químico de los seres vivientes,
como el de otros objetos de la superficie terrestre. Esta es la tarea que
cumple con éxito la fisiología general.
Cuando se abordan los
fenómenos fisiológicos propiamente dichos, es decir, aquellos que resultan de
la organización de la materia viva, se encuentran obstáculos más serios. La
extrema pequeñez de las cosas que es necesario estudiar, hace imposible la
aplicación de las técnicas ordinarias de la física y de la química. ¿Por qué
método descubrir la constitución química del núcleo de células sexuales, de los
cromosomas que contienen y de los genes que componen estos
cromosomas? Son, sin embargo, esos minúsculos conjuntos de sustancias cuyo
conocimiento sería de un interés capital, porque contienen el porvenir del
individuo y de la humanidad. La fragilidad de ciertos tejidos, tales como la
sustancia nerviosa, es tan grande, que su estudio en estado vivo, es casi
imposible. No poseemos técnicas capaces de introducirnos en los misterios del
cerebro y en la armoniosa asociación de sus células. Nuestro espíritu, que ama
la sobria belleza de las fórmulas matemáticas, se encuentra perdido en medio de
la mezcla prodigiosamente compleja de las células, de los humores y de la
conciencia que constituyen al individuo. Procura entonces aplicar a aquél los
conceptos que pertenecen a la física, a la química y a la mecánica y a las
disciplinas filosóficas y religiosas. Pero no ha logrado éxito, porque no somos
reductibles ni a un sistema físico-químico, ni a un principio espiritual. Por
cierto, la ciencia del hombre debe utilizar los conceptos de todas las otras
ciencias. Sin embargo, resulta imperativo que desarrolle las suyas propias,
porque éstas son tan fundamentales como las ciencias de las moléculas, de los
átomos y de los electrones.
En resumen, la
lentitud del progreso del conocimiento del ser humano con relación a la
espléndida ascensión de la física, de la astronomía, de la química y de la
mecánica, es debida a la falta de tiempo, a la complejidad del objeto, a la
forma de nuestra inteligencia. Dificultades de tal magnitud son demasiado
fundamentales para que se pueda esperar atenuarlas. Para dominarlas necesitamos
un gran esfuerzo. Nunca el conocimiento de nosotros mismos alcanzará la
elegante sencillez y la belleza de la física. Los factores que han retardado su
desarrollo son permanentes. Es preciso establecer con claridad que la ciencia
del ser humano es, entre todas las ciencias, la que presenta mayores
dificultades.
III
De cómo las Ciencias Físicas y Químicas han transformado nuestro medio.
El medio sobre el
cual el alma de nuestros antepasados se ha modelado durante milenios, ha sido
reemplazado por otro y nosotros hemos acogido sin emoción esta revolución
pacífica. Sin embargo, constituye uno de los sucesos más importantes de la
historia de la humanidad, porque toda modificación del medio viene a tener una
resonancia inevitable y de manera profunda sobre los seres vivientes. Es, pues,
indispensable comprender la extensión de las transformaciones que la ciencia ha
impuesto a la vida ancestral y por lo tanto a nosotros mismos.
Desde el advenimiento
de la industria, gran parte de la población se encuentra confinada en espacios
restringidos. Los obreros viven en rebaños, sea en los suburbios de las grandes
ciudades, sea en las aldeas construidas por ellos. Trabajan en las fábricas a
horas fijas, en un trabajo fácil, monótono y bien pagado. En las ciudades
habitan igualmente los trabajadores de las oficinas, los empleados de los
almacenes, de los bancos, de la administración pública, los médicos, los
abogados, los profesores y la muchedumbre de aquellos que, directa o
indirectamente, viven del comercio y de la industria. Tanto las fábricas como
las oficinas son vastas, claras y limpias. La temperatura permanece igual,
porque los aparatos de calefacción y de refrigeración elevan la temperatura
durante el invierno y la bajan durante el verano. Los rascacielos de las
grandes ciudades han transformado las calles en zanjas oscuras, pero la luz del
sol se ha reemplazado en el interior de los departamentos por una luz
artificial rica en rayos ultravioletas. En lugar del aire de la calle
impregnado de vapores de bencina, las oficinas y los talleres reciben el aire
aspirado al nivel del techo. Los habitantes de la Ciudad nueva se encuentran protegidos
contra la intemperie. No viven como antes cerca de su taller, de su almacén o
de su oficina. Los unos, los más ricos, habitan gigantescos edificios de las
grandes avenidas. Los reyes de ese extraño mundo poseen en la cumbre de torres
vertiginosas, casas deliciosas rodeadas de árboles, césped y flores. Se
encuentran al abrigo del ruido, del polvo y de la agitación como en la cima de
una montaña. Se mantienen más completamente aislados del común de los seres
humanos, que lo estuvieron antes los señores feudales detrás de las murallas y
los fosos de sus fuertes castillos. Los otros, aun los más modestos, se alojan
en departamentos cuyo confort sobrepasa al que rodeaba a Luis XIV o a Federico
el Grande. Muchos tienen su domicilio lejos de la ciudad. Cada atardecer los
trenes rápidos transportan una muchedumbre innumerable hacia los extramuros
cuyas anchas avenidas abiertas entre alfombras de verde césped y árboles se
encuentran guarnecidas de casas bellas y confortables. Los obreros y los más
humildes empleados poseen casas mejor acondicionadas que las que ayer no más
poseían los ricos. Los aparatos de calefacción de marcha automática que rigen
la temperatura de las casas, los refrigeradores, los proveedores eléctricos,
las máquinas domésticas empleadas en la preparación de los alimentos y el aseo
de las habitaciones, las salas de baño y los garajes para automóviles, dan a la
habitación de todos no solamente en las ciudades sino también en el campo un
carácter que no pertenecía antes sino a muy raros privilegiados de la fortuna.
Lo mismo que la
habitación, el modo de vivir se ha transformado. Esta transformación se debe
sobre todo a la rapidez y a la aceleración de las comunicaciones. Es evidente
que el uso de los trenes y de los barcos modernos, de los aviones, de los
automóviles, del telégrafo y del teléfono ha modificado las comunicaciones de
los hombres y de los países los unos con los otros. Cada cual hace muchas más
cosas que antes y toma parte en mayor número de acontecimientos. Entra también
en contacto con un número mucho más considerable de individuos. Los momentos
vacíos de su existencia son excepcionales. Los grupos estrechos de la familia,
de la parroquia, se han disuelto. La vida del pequeño grupo ha sido sustituida
por la de la muchedumbre. Se considera la soledad como un castigo o como un
lujo raro. El cine, los espectáculos deportivos, los clubes, los meetings [
[2] ] de toda especie, las aglomeraciones de las grandes fábricas, los grandes
almacenes y los grandes hoteles, han dado a los individuos el hábito de vivir
en común. Gracias al teléfono, a la radio y a los discos de los gramófonos, la
banalidad vulgar de la multitud con sus placeres y su psicología, penetra sin
cesar en los domicilios de los particulares, aun en los sitios más aislados y
lejanos. A cada instante, cada cual está en comunicación directa con otros
seres humanos y se mantiene al corriente de los sucesos, minúsculos o
importantes, que ocurren en su aldea, o en su ciudad, o en los extremos del
mundo. Las campanas de Westminster se hacen oír en las casas más ignoradas del
fondo de la campiña francesa. El hacendado de Vermont oye, si le place, a los
oradores que hablan en Berlín, en Londres o en París.
Las máquinas han
disminuido en todas partes el esfuerzo y la fatiga en las ciudades como en el
campo, en las casas particulares como en la fábrica, en el taller, en los
caminos, en los campos o en las haciendas. Las escaleras han sido reemplazadas
por ascensores. Ya no existe la necesidad de caminar. Se circula en automóvil,
en ómnibus y en tranvía aun cuando la distancia sea pequeña. Los ejercicios
naturales, tales como la carrera y la marcha en camino accidentado, la
ascensión de las montañas, el trabajo de la tierra con herramientas, la lucha
contra la selva con el hacha, la exposición a la lluvia, al sol y al viento, al
frío y al calor, se han convertido en ejercicios bien reglamentados donde el
riesgo es menor, y en máquinas que suprimen todo esfuerzo. Hay en todas partes
canchas de tenis, campos de golf, salones de patinar con hielo artificial,
piscinas tibias, arenas donde los atletas se entrenan y luchan al abrigo de la
intemperie. Todos pueden así desarrollar sus músculos evitando la fatiga y la
continuidad del esfuerzo que antes exigían los ejercicios apropiados a una forma
más primitiva de vida.
La alimentación de
nuestros antepasados que estaba compuesta sobre todo de harinas groseras, carne
y bebidas alcohólicas, ha sido sustituida por una alimentación mucho más
delicada y variada. Las carnes de buey y de cordero no son ya la base de la
alimentación. La leche, la crema, la mantequilla, los cereales blancos a causa
de la eliminación de su envoltura natural, los frutos de las regiones
tropicales lo mismo que los de las temperadas, las legumbres frescas o en
conserva, las ensaladas, el azúcar en gran abundancia bajo la forma de tortas,
bombones y puddings, son los elementos principales de la
alimentación moderna. Sólo el alcohol ha conservado el lugar que tenía antes.
La alimentación de los niños ha sido modificada más profundamente aún. Su
abundancia se ha hecho muy grande. Igual ocurre con la de los adultos. La
regularidad de las horas de trabajo en las oficinas y en las fábricas, ha
traído consigo la regularidad en las comidas. Gracias a la riqueza, que hasta
estos últimos años era general, y gracias a la disminución del espíritu
religioso y a los ayunos rituales, jamás los seres humanos han sido alimentados
de manera tan continua y bien reglamentada.
Es esta riqueza la
que ha permitido igualmente la enorme difusión de la educación. En todas partes
se han construido escuelas y universidades invadidas por muchedumbres inmensas
de estudiantes. La juventud ha comprendido el papel de la ciencia en el mundo
moderno. “Knowledge is power”, ha escrito Bacon. [[3]] Todas estas
instituciones se han consagrado al desarrollo intelectual de los niños y de los
jóvenes. Al mismo tiempo, se ocupan con la mayor atención de su estado físico.
Se diría que los establecimientos educacionales se interesan sobre todo en la
inteligencia y en los músculos. La ciencia ha demostrado su utilidad de una
manera tan evidente que se le ha dado el primer sitio en los estudios. Multitud
de jóvenes se someten a sus disciplinas. Pero los institutos científicos, las
universidades y las organizaciones industriales han construido tantos
laboratorios, que cada cual puede encontrar un empleo según sus conocimientos
particulares.
La forma de vida de
los hombres modernos ha recibido la marca de la higiene, de la medicina y de
los principios resultantes de los descubrimientos de Pasteur. La promulgación
de sus doctrinas, ha sido para la humanidad de una alta importancia. Gracias a
ellas, las enfermedades infecciosas que barrían periódicamente los países
civilizados, han sido suprimidas. Se ha demostrado la necesidad de la limpieza.
De ello ha resultado una enorme disminución en la mortalidad de los niños. La
duración media de la vida ha aumentado de sorprendente manera. Alcanza hoy día
los cincuenta y nueve años en los Estados Unidos y los sesenta y cinco en Nueva
Zelanda. Las gentes no logran vivir mayor número de años, pero hay muchas más
gentes que llegan a viejos. La higiene ha acrecentado, pues, en gran manera la
cantidad de seres humanos. Al mismo tiempo la medicina, por una mejor
concepción de la naturaleza de las enfermedades, y por una aplicación juiciosa
de las técnicas quirúrgicas, ha extendido su bienhechora influencia sobre los
débiles, los incompletos, los expuestos a las enfermedades microbianas, sobre
aquellos, en fin, que antes no eran capaces de soportar las condiciones de una
existencia más ruda. Es una ganancia enorme en capital humano lo que la
civilización ha realizado por su intermedio. Y cada individuo le debe asimismo
una seguridad mucho más grande ante la enfermedad y el dolor.
El medio intelectual
y moral en el cual nos hallamos sumergidos, ha sido también modelado por la
ciencia. El mundo donde vive el espíritu de los hombres de hoy día, no es de
ninguna manera el de sus antepasados. Ante los triunfos de la inteligencia que
nos aportan la riqueza y el confort, los valores morales, naturalmente, han
disminuido. La razón ha barrido con las creencias religiosas. Sólo importan el
conocimiento de las leyes naturales y la potencia que este conocimiento nos da
sobre el mundo material y los seres vivientes. Los bancos, las universidades,
los laboratorios, las escuelas de medicina, se han tornado tan bellas como las
antiguas catedrales, los templos góticos y los palacios de los Papas. Hasta la
reciente catástrofe [[4]], el presidente del banco o el del ferrocarril, era el
ideal de la juventud. Sin embargo, el presidente de una gran universidad está
colocado todavía muy alto en el espíritu de la sociedad porque dispensa la
ciencia, y la ciencia es la generadora de la riqueza, del bienestar y de la
salud. Pero la atmósfera en la cual bañan su cerebro las masas, cambia ligero.
Banqueros y profesores han descendido en la estimación del público. Los hombres
de hoy día son suficientemente instruidos para leer diariamente los periódicos
y escuchar los discursos radiodifundidos por los políticos, los comerciantes,
los charlatanes y los apóstoles. Se encuentran impregnados de propaganda
comercial, política o social, cuyos técnicos se perfeccionan más y más. Al
mismo tiempo leen los artículos y los libros de divulgación científica y
filosófica. Nuestro universo, gracias a los magníficos descubrimientos de la
física y de la astrofísica, se ha tornado de una grandeza sorprendente. Cada
cual puede, si le place, escuchar las teorías de Einstein o leer los libros de
Eddington y de Jeans, los artículos de Shapley y de Millikan. Se interesa tanto
en los rayos cósmicos, como en los artistas de cine y en los jugadores de
baseball. Se sabe que el espacio es redondo, que el mundo se compone de fuerzas
ciegas e inconocibles, que nosotros somos partículas infinitamente pequeñas en
la superficie de un grano de polvo perdido en la inmensidad del cosmos. Y que
aquél, está completamente privado de vida y de pensamiento. Nuestro universo ha
llegado a ser exclusivamente mecánico. Y no puede ser de otra manera puesto que
su existencia es debida a la técnica de la física y de la astronomía. Como todo
lo que rodea hoy día a los seres humanos, constituye la expresión del
maravilloso desarrollo de las ciencias de la materia inanimada.
IV
Lo que ha resultado para nosotros
Las profundas
modificaciones impuestas a las costumbres de la humanidad por las aplicaciones
de la ciencia son recientes. De hecho, nos encontramos todavía en plena
revolución. También es difícil saber exactamente el efecto de la sustitución de
las condiciones naturales de la vida por este modo de vida artificial de
existencia, y lo que este cambio tan marcado del medio ha tenido que obrar
sobre los seres civilizados. Es indudable, sin embargo, que ello ha producido
algún efecto. Porque todo ser viviente depende estrechamente de su medio y se
adapta a las fluctuaciones del mismo por una evolución apropiada. Hace falta,
pues, preguntarse de qué manera los hombres han sido influenciados por el modo
de vivir, la habitación, el alimento, la educación y las costumbres
intelectuales y morales que les ha impuesto la civilización moderna. Para
responder a esta tan grave pregunta es preciso examinar con minuciosa atención
lo que sucede actualmente en las poblaciones que han sido las primeras en
beneficiarse con las aplicaciones de los descubrimientos científicos.
Es evidente que los
hombres han acogido con alegría la civilización moderna. Han llegado con
rapidez desde los campos a las ciudades y a las fábricas. Se han apresurado a
adoptar el modo de vivir y la manera de ser de la nueva era. Han abandonado sin
vacilar sus antiguas costumbres, porque esas costumbres exigían un esfuerzo
mayor. Es menos fatigoso trabajar en una fábrica o en una oficina que en los
campos. Y aún allí, la dureza de la existencia ha sido muy disminuida por las
máquinas. Las casas modernas nos aseguran una vida pareja y dulce. Por su
confort y su luz, dan a aquellos que las habitan el sentimiento del reposo y de
la alegría. Su disposición atenúa también el esfuerzo exigido antes por la vida
doméstica. Además de la adquisición del menor esfuerzo y la adquisición del
bienestar, los seres humanos han aceptado con alegría la posibilidad de no
estar solos nunca, de gozar de las distracciones continuas de la ciudad, de
formar parte de las grandes muchedumbres y de no pensar jamás. Han aceptado
igualmente ser relevados por una educación puramente intelectual, de la
sujeción moral impuesta por la disciplina puritana y por las reglas religiosas.
La vida moderna les ha hecho verdaderamente libres. Les ha impulsado a adquirir
la riqueza por todos los medios, siempre que estos medios no los conduzcan ante
los tribunales. Les ha franqueado todas las comarcas de la tierra y también
todas las supersticiones. Les ha permitido la excitación frecuente y la
satisfacción fácil de sus apetitos sexuales. Ha suprimido, en fin, la
disciplina, el esfuerzo, y con ello, cuanto era desagradable y molesto. Las
gentes, sobre todo en las clases inferiores, son materialmente más felices que
antes. Muchas, sin embargo, cesan poco a poco de apreciar las distracciones y
los placeres banales de la vida moderna. A veces su salud no les permite
continuar indefinidamente los excesos alimenticios, alcohólicos y sexuales a
los cuales los arrastra la supresión de toda disciplina. Por otra parte se
sienten asediados por el temor de perder su empleo, sus economías, su fortuna,
sus medios de subsistencia. No pueden satisfacer la necesidad de seguridad que
existe en el fondo de cada uno de nosotros. A despecho de la tranquilidad
social, permanecen inquietos y a menudo, aquellos que son capaces de
reflexionar, se sienten desgraciados.
ES cierto, sin
embargo, que la salud ha mejorado. No solamente la mortalidad es menos grande,
sino que cada individuo es más bello, más alto y más fuerte. Los niños son hoy
día de una talla superior a la de sus padres. La forma de alimentación y los
ejercicios físicos han elevado la estatura y aumentado la fuerza muscular. A
menudo son los Estados Unidos los que proveen al mundo de los mejores atletas.
Se encuentran hoy día en los equipos deportivos de las universidades, muchachos
que son “especimenes” verdaderamente magníficos de los seres humanos. En las
presentes condiciones de la educación americana, el esqueleto y los músculos se
desarrollan de manera perfecta. Se ha llegado, incluso, a reproducir las formas
más admirables de la belleza antigua. Ciertamente la duración de la vida de los
hombres habituados a los deportes y que llevan la vida moderna, no es superior
a la de sus antepasados y acaso sea más corta. Parece ser también que su
resistencia a la fatiga no es demasiado grande. Se diría que los individuos
arrastrados a los ejercicios naturales y expuestos a la intemperie como lo
estaban sus antepasados, eran capaces de más largos y duros esfuerzos que
nuestros atletas. Éstos tienen necesidad de dormir mucho, de una buena
alimentación y de hábitos regulares. Su sistema nervioso es frágil. Soportan
mal la vida de las grandes oficinas, de las grandes ciudades, de los negocios
complicados y aun de las dificultades y sufrimientos ordinarios de la vida. Los
triunfos de la higiene y de la educación moderna, no son quizá tan ventajosos
como parecen a primera vista.
Es preciso
preguntarse asimismo, si la enorme disminución de la mortandad durante la infancia
y la juventud, no presenta algunos inconvenientes. En efecto, se conservan
tanto los débiles como los fuertes. La selección natural no tiene papel alguno.
Nadie sabe cual podrá ser el futuro de una raza protegida de tal manera por la
ciencia médica. Pero nos enfrentamos además con un problema mucho más grave y
que exige una solución inmediata. Al mismo tiempo que las enfermedades como las
diarreas infantiles, la tuberculosis, la difteria, la fiebre tifoidea, son
eliminadas y la mortalidad disminuye, el número de enfermedades mentales
aumenta. En ciertos Estados, la cantidad de locos internados en ciertos asilos
sobrepasa a la de todos los otros enfermos hospitalizados. Al margen de la
locura, el desequilibrio nervioso acentúa su frecuencia y es uno de los
factores más activos de la desdicha de los individuos y de la desgracia de las
familias. Quizás este deterioro mental es más peligroso para la civilización
que las enfermedades infecciosas de las cuales se han ocupado exclusivamente la
medicina y la higiene.
A pesar de las
inmensas sumas que se gastan para educar a los niños y a los jóvenes, no parece
tampoco que la élite intelectual sea más numerosa. El término
medio es, en cambio, sin duda más instruido y cortés. El gusto por la lectura
es mayor. Se compran muchos más libros y revistas que antes. El número de
personas que se interesan en la ciencia, en la literatura, en el arte, ha
aumentado. Pero son las formas más bajas de la literatura y los más humildes
contrafuertes del arte los que, por lo general, atraen al público. No parece
que las excelentes condiciones higiénicas en las cuales se educa a los niños y
los cuidados de que son objeto en las escuelas, hayan logrado elevar su nivel
intelectual y moral. Aún es posible preguntarse si no existe una especie de
antagonismo entre su desarrollo físico y su desarrollo mental. Después de todo,
ignoramos si el aumento de la estatura en una raza dada, sea una degeneración
en lugar de un progreso como lo creemos hoy día. Ciertamente, los niños son
mucho más felices en las escuelas dónde la sujeción ha sido suprimida, dónde no
hacen sino lo que les interesa y dónde la atención del espíritu y la atención
voluntaria no les son exigidas. ¿Cuáles son los resultados de tal educación? En
la civilización moderna, el individuo se caracteriza sobre todo por una gran
actividad dirigida principalmente hacia el lado práctico de la vida, por una
gran ignorancia, por cierta malicia y por un estado de debilidad mental
que le hace sufrir de una manera profunda la influencia del medio en que suele
encontrarse. Parece que con la ausencia de envergadura moral, la inteligencia
misma se desvanece. Por esto es quizás que esta facultad, antes tan
característica de Francia, haya descendido de manera tan manifiesta en ese
país. En los Estados Unidos, el nivel intelectual permanece inferior a pesar de
la multiplicación de las escuelas y de las universidades.
Se diría que la
civilización moderna es incapaz de producir una élite dotada a
la vez de imaginación, de inteligencia y de valor. En casi todos los países hay
una disminución del calibre intelectual en aquellos que llevan consigo la
responsabilidad de la dirección de los negocios políticos, económicos y
sociales. Las organizaciones financieras, industriales y comerciales han
alcanzado gigantescas dimensiones. Han sido influidas, no solamente por las
condiciones del país en que han nacido, sino también por el estado de los
países vecinos y del mundo entero. En cada nación, las modificaciones sociales
se producen con gran rapidez. Casi en todas partes el valor del régimen
político está puesto en tela de juicio. Las grandes democracias se encuentran
frente a los temibles problemas que interesan su existencia misma y cuya
solución es urgente. Y nos damos cuenta de que, a despecho de las inmensas
esperanzas que la humanidad había colocado en la civilización moderna, esta
civilización no ha sido capaz de desarrollar hombres bastante inteligentes y
audaces para dirigirla por el camino peligroso por donde se ha adentrado. Los
seres humanos no han crecido en la misma proporción que las instituciones
nacidas de su cerebro. Los amos son, sobre todo, la debilidad intelectual y
moral, y es su ignorancia la que pone en peligro nuestra civilización.
Es preciso
preguntarse, en fin, qué influencias tendrá para el porvenir de la raza el
nuevo género de vida. La respuesta de las mujeres a las modificaciones
aportadas a las costumbres ancestrales por la civilización moderna, ha sido
inmediata y decisiva. La natalidad ha bajado en el acto. Este fenómeno tan importante,
ha sido más precoz y más grave en las capas elevadas de la sociedad y en las
naciones que, las primeras, se han beneficiado con los progresos engendrados
directa o indirectamente con la ciencia. La esterilidad voluntaria de las
mujeres no es una cosa nueva en la historia de los pueblos. Se produjo ya en
ciertos períodos de las civilizaciones pasadas. Es un síntoma clásico cuyo
significado conocemos.
Es evidente, pues,
que los cambios operados en nuestro medio por las aplicaciones de la ciencia,
han ejercido sobre nosotros efectos notables. Estos efectos tienen un carácter
inesperado. Son ciertamente muy distintos de lo que se creyó y de lo que se
creía legítimamente poder alcanzar a causa de las mejoras de toda clase
efectuadas en la habitación, el género de vida, la alimentación, la educación y
la atmósfera intelectual de los seres humanos. ¿Cómo ha podido obtenerse un
resultado tan paradojal?
V
Estas transformaciones del medio son temibles, porque han sido hechas
sin conocimiento de nuestra naturaleza.
Se podría dar a esta
observación una respuesta sencilla. La civilización moderna se encuentra en
situación sospechosa, porque no nos conviene. Ha sido construida sin
conocimiento de nuestra verdadera naturaleza. Es debida al capricho de los
descubrimientos científicos, de los apetitos de los hombres, de sus ilusiones,
de sus teorías, de sus deseos. Aunque edificada por nosotros, no está hecha a
nuestra medida.
En efecto, es
evidente que la ciencia no ha seguido en este caso ningún plan. Se ha
desarrollado al azar a partir del nacimiento de algunos hombres de genio y de
la forma de su espíritu. No ha sido en modo alguno inspirada por el deseo de
mejorar la calidad de los seres humanos. Los descubrimientos se producen a la
medida de las instituciones de los sabios y de las circunstancias más o menos
fortuitas de su carrera. Si Galileo, Newton o Lavoisier hubieran aplicado el
poder de su espíritu al estudio del cuerpo y de la conciencia, quizás nuestro
mundo sería diferente de lo que es hoy. Los hombres de ciencia ignoran adónde
van. Están guiados por el azar, por razonamientos sutiles, por una especie de
clarividencia. Cada uno de ellos es un mundo aparte gobernado por sus propias
leyes. De tiempo en tiempo, las cosas oscuras para los otros, se vuelven claras
para ellos. En general, los descubrimientos se hacen sin prever de ninguna
manera sus consecuencias; consecuencias que han dado forma a nuestra
civilización.
Entre las riquezas de
los descubrimientos científicos, hemos hecho una sucesión de elecciones, y estas
elecciones no han sido determinadas por la consideración de un interés superior
de la humanidad. Han seguido sencillamente la pendiente de nuestras
inclinaciones naturales, que son los principios de la mayor comodidad y del
menor esfuerzo, el placer que nos dan la velocidad, el cambio y el confort y
también la necesidad de huir de nosotros mismos. Todo este conjunto constituye
ciertamente un éxito de las nuevas invenciones. Pero nadie se ha preguntado de
qué manera los seres humanos soportarían la aceleración enorme del ritmo de la
vida producida por los transportes rápidos, el telégrafo, el teléfono, las
máquinas de escribir y de calcular, que efectúan hoy todos los pausados
trabajos domésticos de antes. La adopción universal del avión, del automóvil, del
cine, del teléfono, de la radio y pronto de la televisión, es debida a una
tendencia tan natural como aquella que en el fondo de la noche de los tiempos
determinó el uso del alcohol. La calefacción de las casas por medio del vapor,
el alumbrado eléctrico, los ascensores, la moral biológica, las manipulaciones
químicas dentro de la alimentación, han sido aceptadas únicamente porque estas
innovaciones eran agradables y cómodas. Pero su efecto probable sobre los seres
humanos, no ha sido tomado en consideración.
En la organización
del trabajo industrial, la influencia de la fábrica sobre el estado fisiológico
y mental de los obreros, no ha sido absolutamente tomado en cuenta. La
industria moderna se encuentra basada sobre la concepción máxima al precio más
bajo, a fin de que un individuo o un grupo de individuos ganen el mayor dinero
posible. Se encuentra desarrollada sin idea de la naturaleza verdadera de los
seres humanos que manejan las máquinas, y sin la preocupación de lo que pueda
producir sobre ellos y su descendencia, la vida artificial impuesta por la
fábrica. La construcción de las grandes ciudades no se ha hecho tampoco
tomándonos mayormente en cuenta. La forma y dimensiones de los edificios
modernos se ha inspirado en obtener la ganancia máxima por metro cuadrado de
terreno y ofrecerlos a los arrendatarios de oficinas y departamentos a quienes
convengan. Se ha llegado así a la construcción de edificios gigantes que
acumulan en un espacio restringido, masas considerables de individuos. Éstos
las habitan con placer, porque gozan del confort y del lujo, sin darse cuenta
de que están en cambio privados de lo necesario. La ciudad moderna se compone
de estas habitaciones monstruosas y de calles oscuras, llenas de aire
impregnado de humo, polvo, vapores de bencina y los productos de su combustión,
desgarradas por el estrépito de los tranvías y camiones y llenas sin cesar de
una inmensa muchedumbre. Es evidente que no se han construido para el bien de
sus habitantes.
Nuestra vida se halla
asimismo influenciada en una inmensa medida por los periódicos. La publicidad
está hecha únicamente en interés de los productores y jamás de los
consumidores. Por ejemplo, se hace creer al público que el pan blanco es
superior al pan negro. La harina ha sido cernida de manera más y más completa y
privada entonces de sus principios más útiles. Pero en cambio se conserva mejor
y el pan se elabora más fácilmente. Los molineros y los fabricantes ganan más
dinero. Los consumidores comen, sin duda, un producto inferior. Y en todos los
países en dónde el pan es la parte primordial de la alimentación, las
poblaciones degeneran. Se consumen enormes sumas en la publicidad comercial. De
esta manera, cantidades de productos alimenticios y farmacéuticos inútiles y a
menudo dañinos, se han convertido en una necesidad para los hombres
civilizados. Y es así como la avidez de los individuos bastante hábiles para
dirigir el gusto de las masas populares hacia los productos que necesitan
vender, representa un papel capital en nuestra civilización.
Sin embargo, las
influencias que obran sobre nuestro modo de vivir no tienen siempre el mismo
origen. A menudo en lugar de ejercerse en el interés financiero de los
individuos o de los grupos de individuos, tienen realmente como fin la ventaja
general. Pero su efecto puede ser dañino si aquellos de los cuales emana,
aunque honrados, tienen una concepción falsa o incompleta del ser humano. ¿Hace
falta, por ejemplo, gracias a una alimentación y a ejercicios apropiados,
activar cuanto es posible el aumento de peso y la talla de los niños, como lo
hacen la mayor parte de los médicos? ¿Son superiores los niños altos y macizos
a los niños de escasa estatura? El desarrollo de la inteligencia, de la
actividad, de la audacia, de la resistencia a las enfermedades no tiene en
realidad correlación alguna con el desarrollo del volumen del individuo.
La educación dada en las universidades y en las escuelas que consiste sobre
todo en la cultura de la memoria, de los músculos y de ciertas costumbres
mundanas ¿se dirige verdaderamente a los hombres modernos que deben estar bien
provistos de equilibrio mental, de resistencia nerviosa, de juicio, de valor
moral y de solidez ante la fatiga? ¿Por qué los higienistas se comportan como
si el hombre fuese únicamente un ser expuesto a las enfermedades infecciosas
cuando está amenazado de manera tan peligrosa por las afecciones nerviosas y
mentales y por la debilidad de espíritu? Aunque los educadores, los médicos y
los higienistas apliquen con desinterés sus esfuerzos en provecho de los seres
humanos, no logran su fin, porque se atienen a esquemas que no contienen sino
una parte pequeña de la realidad. Otro tanto ocurre con aquellos que toman sus
deseos, sus sueños o sus doctrinas, por el ser humano concreto. Edifican una
civilización que, destinada por ellos a los hombres, no conviene en realidad
sino a imágenes incompletas o monstruosas del hombre. Los sistemas de gobierno
construidos por piezas en el espíritu de los teóricos no son sino castillos en
el aire. El hombre al cual se aplican los principios de la Revolución Francesa
es tan irreal como aquél que, en las visiones de Marx o de Lenin, construirá la
sociedad futura. No debemos olvidar que las leyes de las relaciones humanas son
todavía desconocidas. La sociología y la economía política no son sino ciencias
de conjeturas o pseudo ciencias.
Parece, pues, que el
medio en el cual hemos logrado introducirnos gracias a la ciencia, no nos
conviene, porque ha sido construido al azar, sin conocimiento suficiente de la
naturaleza de los seres humanos y sin consideración hacia ellos.
VI
Necesidad práctica del conocimiento del hombre
En suma, las ciencias
de la materia han hecho inmensos progresos, mientras que las de los seres
vivientes han permanecido en estado rudimentario. El retardo de la biología es
atribuido a las condiciones de existencia de nuestros antepasados, a la
complejidad de los fenómenos de la vida y a la naturaleza misma de nuestro
espíritu que se complace en las construcciones mecánicas y las abstracciones
matemáticas. Las aplicaciones de los descubrimientos científicos han
transformado nuestro mundo material y mental. Estas transformaciones han tenido
sobre nosotros una influencia profunda y sus efectos nefastos provienen de que
han sido hechas sin consideración hacia nosotros. Y es la ignorancia sobre
nosotros mismos, lo que ha dado a la mecánica, a la física y a la química, el
poder de modificar, al azar, las formas antiguas de la vida.
El hombre debería ser
la medida de todo. En realidad, es un extranjero en el mundo que ha creado. No
ha sabido organizar este mundo para él porque no poseía un conocimiento
positivo de su propia naturaleza. El avance enorme de las ciencias inanimadas
sobre las ciencias de los seres vivientes es uno de los sucesos más trágicos de
la historia de la humanidad. El medio construido por nuestra inteligencia y
nuestras invenciones no se ajusta ni a nuestro tamaño ni a nuestra forma. No
nos queda bien. Somos desgraciados. Degeneramos moral y mentalmente. Y son
precisamente los grupos y las naciones en que la civilización industrial ha
alcanzado su apogeo los que se debilitan más. Es allí donde el retorno a la
barbarie es más rápido. Permanecen sin defensa ante el medio adverso que les ha
proporcionado la ciencia. En verdad, nuestra civilización como las que la han
precedido, ha creado condiciones que, por razones que no conocemos exactamente,
hacen que la vida misma se torne imposible. La inquietud y las desgracias de la
Ciudad Nueva provienen de sus instituciones políticas, económicas y sociales, pero,
sobre todo, de su propia decadencia. Son víctimas del retardo de las ciencias
de la vida sobre las de la materia.
Solamente un
conocimiento mucho más profundo de nosotros mismos puede aportar un remedio a
este mal. Gracias a ello veremos por qué mecanismos la existencia moderna
afecta nuestra conciencia y nuestro cuerpo. Sabremos cómo adaptarnos a este
medio, cómo defendernos, y también cómo reemplazarlo, en caso de que una
revolución dentro del mismo se hiciera indispensable. Mostrándonos a nosotros mismos
lo que somos, nuestras potencias y la manera de actualizar con ellas, este
conocimiento nos dará la explicación de nuestra debilidad fisiológica, de
nuestra enfermedades morales e intelectuales. Y sólo él puede revelarnos las
leyes inexorables en las cuales están encerradas nuestras actividades orgánicas
y espirituales, hacernos distinguir lo prohibido de lo permitido y enseñarnos
que no somos libres para modificar, según nuestra fantasía, ya sea nuestro
medio, ya sea a nosotros mismos. En verdad, desde que las condiciones naturales
de la existencia han sido suprimidas por la civilización moderna, la ciencia
del hombre ha llegado a ser la más necesaria de todas las ciencias.
