martes, 21 de mayo de 2013

DE LA NECESIDAD DE CONOCERNOS A NOSOTROS MISMOS



DE LA NECESIDAD DE CONOCERNOS
A NOSOTROS MISMOS

Autor: Dr. Alexis Carrel
Del libro: La Incógnita del hombre

I
La ciencia de los seres vivos ha progresado más lentamente que la materia inanimada. – Nuestra ignorancia de nosotros mismos

Hay una desigualdad extraña entre las ciencias de la materia inerte y la de los seres vivientes. La astronomía, la mecánica y la física tienen, en su base, conceptos susceptibles de expresarse de manera concisa y elegante en lenguaje matemático. Han dado al universo las líneas armoniosas de la Grecia antigua. Lo envuelven todo en la brillante redecilla de sus cálculos y de su hipótesis. Pero siguen la realidad más allá de las formas habituales del pensamiento hasta las más inexpresables abstracciones hechas únicamente con ecuaciones de símbolos. No ocurre otro tanto con las ciencias biológicas. Aquellos que estudian los fenómenos de la vida se sienten como perdidos en una selva inextricable, como en medio de un mágico bosque cuyos innumerables árboles cambiaran sin cesar de sitio y de forma. Se sienten literalmente aplastados bajo un conjunto de hechos que logran describir pero que no son capaces de definir por medio de fórmulas algebraicas. De las cosas que se encuentran en el mundo material, ya sean átomos o estrellas, nubes o rocas, agua o acero, se han podido abstraer ciertas cualidades tales como el peso y las dimensiones espaciales. Son estas abstracciones, y no los hechos concretos, los que constituyen la materia del razonamiento científico. La observación de los objetos no constituye sino la forma inferior de la ciencia, la forma descriptiva, aquella que establece la clasificación de los fenómenos. Pero las relaciones constantes entre las cantidades variables, es decir las leyes naturales, aparecen únicamente cuando la ciencia se torna más abstracta. La física y la química han logrado un éxito tan grande como rápido porque son abstractas y cuantitativas. Aunque no pretendan darnos noticia sobre la naturaleza de las cosas, nos permiten predecir los fenómenos y reproducirlos cuando así lo deseamos. Revelándonos el misterio de la constitución de las propiedades de la materia, nos han dado el dominio de casi todo lo que se encuentra en la superficie de la tierra, con excepción de nosotros mismos.
La ciencia de los seres vivientes en general, y del individuo humano en particular, no ha progresado bastante. Se encuentra en estado descriptivo. El hombre es un todo indivisible de una extrema complejidad. Es imposible lograr de él una concepción simple. No existen métodos capaces de asirlo a la vez en su conjunto, sus partes y sus relaciones con el mundo exterior. Su estudio debe ser abordado por técnicas variadas porque se utilizan varias ciencias distintas. Cada una de estas ciencias conduce naturalmente a una concepción diferente de su objeto. Cada una no abstrae de él sino lo que la naturaleza de su técnica le permite alcanzar. Y la suma de todas estas abstracciones es menos rica que el hecho concreto. Queda un residuo demasiado importante para dejarlo de lado. Porque la anatomía, la química, la fisiología, la psicología, la pedagogía, la historia, la sociología, la economía política y todas sus ramas no agotan el tema. El hombre que conocen los especialistas no es pues el hombre concreto, el hombre real. No es más que un esquema compuesto con esquemas construidos por las técnicas de cada ciencia. Es, a la vez, el cadáver disecado por los anatomistas, la conciencia que observan los psicólogos y los amos de la vida espiritual, y la personalidad que la introspección revela en cada uno de nosotros. Estas sustancias químicas que componen nuestros tejidos y los humores del cuerpo, es el prodigioso conjunto de células y líquidos nutritivos cuya asociación estudian los fisiólogos. Es el conjunto de órganos y de conciencia que se extiende en el tiempo y que los higienistas y educadores procuran dirigir hacia su desarrollo óptimo. Es el Homo oeconomicus que debe consumir sin cesar a fin de que puedan funcionar las máquinas de las cuales es esclavo. Es también el poeta, el héroe, el santo. Es, no solamente el ser prodigiosamente complejo que los sabios analizan por medio de sus técnicas especiales, sino también la suma de las tendencias, de las suposiciones y de los deseos de la humanidad. Las concepciones que tenemos de él están impregnadas de metafísica. Se componen de tantas y tan imprecisas indicaciones que es grande la tentación, cuando elegimos, de tomar aquellas que más nos placen. Así, pues, nuestra idea del hombre varía según nuestros sentimientos y nuestras creencias. Un materialista y un espiritualista aceptan la misma definición de un cristal de cloruro de sodio, pero no se entienden sobre el ser humano. Un fisiólogo mecanicista y un fisiólogo vitalista no consideran el organismo de la misma manera. El ser viviente de Jacques Loeb difiere profundamente del de Hans Driesch. Ciertamente la humanidad ha hecho un gigantesco esfuerzo por conocerse a si misma. Aunque poseemos el tesoro de las observaciones acumuladas por los sabios, los filósofos, los poetas y los místicos, no hemos cogido sino aspectos o fragmentos del hombre. Y todavía estos fragmentos son creados por nuestros métodos. Cada uno de nosotros no es más que una procesión de fantasmas en medio de la cual marcha la realidad inconocible.
En efecto, nuestra ignorancia es enorme. La mayor parte de las preguntas que se hacen a aquellos que estudian a los seres humanos permanecen sin respuesta. Regiones inmensas de nuestro mundo interior son aún desconocidas. ¿Cómo se agencian las moléculas de las sustancias químicas para formar los órganos complejos y transitorios de las células? ¿Cómo determinan los genes contenidos en el huevo fecundado los caracteres del individuo que deriva de este huevo? ¿Cómo se organizan las células por si mismas en esas sociedades que son los tejidos y los órganos? Se diría que, a ejemplo de las hormigas y las abejas, conocen de antemano el papel que deben representar en la vida de la comunidad. Pero ignoramos los mecanismos que les permiten construir un organismo complejo y simple. ¿Cuál es la naturaleza de la duración del ser humano, del tiempo psicológico y del tiempo fisiológico? Sabemos que somos un compuesto de tejidos, de órganos, de líquidos y de conciencia. Pero las relaciones de la conciencia con las células cerebrales, constituyen todavía un misterio. Ignoramos aún la fisiología de estas últimas. ¿En qué medida puede el organismo ser cambiado a voluntad? ¿Cómo obra el estado de los órganos sobre el espíritu? ¿De qué manera los caracteres orgánicos y mentales que cada individuo recibe de sus padres se modifican por el modo de vida, las sustancias químicas de los alimentos, el clima y las disciplinas fisiológicas y morales?
Estamos lejos de conocer las relaciones que existen entre el desarrollo del esqueleto, de los músculos y de los órganos, las actividades mentales y espirituales. Ignoramos absolutamente lo que determina el equilibrio del sistema nervioso y la resistencia a las fatigas y a las enfermedades. Ignoramos también la manera de aumentar el sentido moral, el juicio, la audacia. ¿Cuál es la importancia relativa de las actividades intelectual, moral, estética y mística? ¿Cuál es la significación del sentido estético y religioso? ¿Cuál es la forma de energía responsable por las comunicaciones telepáticas? Existen seguramente ciertos factores fisiológicos y mentales que determinan la felicidad o la desdicha de cada cual. Pero son desconocidos. No sabemos aún qué medio es el más favorable para el óptimo desarrollo del hombre civilizado. ¿Es posible suprimir la lucha, el esfuerzo y el sufrimiento en nuestra formación fisiológica y espiritual? ¿Cómo impedir la degeneración de los individuos en la civilización moderna? Gran número de otras preguntas podrían hacerse sobre los objetivos que más nos interesan. Pero permanecerían sin respuesta igualmente.
Es evidente que el esfuerzo cumplido por todas las ciencias que tienen por objeto al hombre, es insuficiente, y que el conocimiento de nosotros mismos es aún demasiado incompleto.

II

Esta ignorancia es debida al modo de existencia de nuestros antepasados, a la complejidad del ser humano, a la estructura  de nuestro espíritu

Parece que nuestra ignorancia es atribuible, a la vez, al modo de existencia de nuestros antepasados, a la complejidad de nuestra naturaleza y a la estructura de nuestro espíritu. Ante todo, era preciso vivir, y esta necesidad exigía la conquista del mundo exterior. Era imperativo alimentarse, preservarse del frío, combatir a los animales salvajes y a los otros hombres. Durante inmensos períodos, nuestros padres no tuvieron tiempo ni necesidad de estudiarse a sí mismos. Emplearon su inteligencia en fabricar armas y útiles, en descubrir el fuego, en domar a los bueyes y a los caballos, en inventar la rueda, la cultura de los cereales, etc. etc. Mucho tiempo antes de interesarse en la constitución de su cuerpo y de su espíritu, contemplaron el sol, la luna, las estrellas, las mareas, la sucesión de las estaciones. La astronomía estaba ya muy avanzada en una época en que la fisiología era totalmente desconocida. Galileo redujo la tierra, dentro del mundo, al rango de un humilde satélite del sol cuando no se poseía aún ninguna noción de la estructura de las funciones del cerebro, del hígado o de la glándula tiroides. Como en las condiciones de la vida natural el organismo funciona de manera satisfactoria sin tener necesidad de ningún cuidado, la ciencia se desarrolla en la dirección en que la impulsa la curiosidad del hombre, es decir hacia el mundo exterior.
De tiempo en tiempo, entre los millares de individuos que se suceden sobre la tierra, algunos nacieron dotados de raros y maravillosos poderes, la intuición de las cosas desconocidas, la imaginación creadora de los mundos nuevos y la facultad de descubrir las relaciones ocultas que existen entre los fenómenos. Estos hombres excavaron el mundo material, el de la constitución sencilla, que cedió rápidamente al ataque de los sabios y entregó algunas de sus leyes. Y el conocimiento de estas leyes nos dio el poder de explotar en nuestro provecho la materia. Las aplicaciones prácticas de los descubrimientos científicos son a la vez lucrativas para aquellos que las desarrollan y agradables al público para quien facilitan la existencia y aumentan el confort. Naturalmente cada cual se interesa mucho más en los inventos que hacen menos penoso el trabajo, aceleran la rapidez de las comunicaciones y disminuyen la dureza de la vida, que aquellos que aportan con sus descubrimientos alguna luz a los problemas tan difíciles de la constitución de nuestro cuerpo y de nuestra conciencia. La conquista del mundo material hacia la cual la voluntad y la atención de los hombres se ha dirigido constantemente, hizo olvidar casi por completo la existencia del mundo orgánico y espiritual. El conocimiento del medio cósmico era indispensable, pero el de nuestra propia naturaleza se mostraba de una utilidad mucho menos inmediata. Sin embargo, la enfermedad, el dolor, la muerte, aspiraciones más o menos vagas hacia un poder oculto y dominante del universo visible, atrajeron en débil medida la atracción de los hombres sobre el mundo exterior de su cuerpo y de su espíritu. La medicina no se ocupa primero sino del problema práctico de dar alivio a los enfermos por medio de recetas empíricas. Recién viene percibiendo que, para prevenir o curar enfermedades, el medio más seguro es conocer el cuerpo sano y enfermo, es decir, de construir las ciencias que llamamos anatomía, química biológica, fisiológica y patológica. Sin embargo, el misterio de nuestra existencia, el sufrimiento moral, y los fenómenos metapsíquicos, les parecieron a nuestros antepasados más importantes que el dolor físico y las enfermedades. El estudio de la vida espiritual y el de la filosofía atrajeron un número mucho mayor de hombres que el de la medicina. Las leyes de la mística fueron conocidas antes que lo fueran las de la fisiología. Pero las unas y las otras no vieron la luz sino cuando la humanidad tuvo el tiempo necesario de dirigir un poco su atención a la conquista del mundo exterior.
Hay otra razón para la lentitud del conocimiento de nosotros mismos. Es la disposición misma de nuestra inteligencia que ama la estructura de las cosas sencillas. Sentimos una especie de repugnancia de abordar el estudio demasiado complejo de los seres vivientes y del hombre. La inteligencia, ha escrito Bergson, se caracteriza por una incomprensión natural de la vida [[1]]. Gustamos de encontrar en el cosmos las formas geométricas que existen en nuestra conciencia. La exactitud de las proporciones de los monumentos y la precisión de las máquinas, constituye la expresión de un carácter fundamental de nuestro espíritu. Es el hombre quien ha introducido la geometría en el mundo terrestre. Los procedimientos de la naturaleza no son jamás tan precisos como los nuestros. Buscamos instintivamente en el universo, la claridad y la exactitud de nuestro pensamiento. Procuramos abstraernos de la complejidad de los fenómenos de los sistemas sencillos cuyas partes están unidas por relaciones susceptibles de ser tratadas matemáticamente. Es esta propiedad de nuestra inteligencia la que ha causado los progresos tan sorprendentemente rápidos de la física y de la química. Un éxito análogo ha señalado el éxito psico-químico de los seres vivientes. Las leyes de la física y de la química son idénticas en el mundo de los vivos en los de la materia inerte como lo pensaba ya Claude Bernard. Por ello se ha descubierto, por ejemplo, que las mismas leyes expresan la constancia de la alcalinidad de la sangre y del agua del Océano, que la energía de la contracción del músculo está provista por la fermentación del azúcar, etc. Es también tan fácil de estudiar el aspecto psico-químico de los seres vivientes, como el de otros objetos de la superficie terrestre. Esta es la tarea que cumple con éxito la fisiología general.
Cuando se abordan los fenómenos fisiológicos propiamente dichos, es decir, aquellos que resultan de la organización de la materia viva, se encuentran obstáculos más serios. La extrema pequeñez de las cosas que es necesario estudiar, hace imposible la aplicación de las técnicas ordinarias de la física y de la química. ¿Por qué método descubrir la constitución química del núcleo de células sexuales, de los cromosomas que contienen y de los genes que componen estos cromosomas? Son, sin embargo, esos minúsculos conjuntos de sustancias cuyo conocimiento sería de un interés capital, porque contienen el porvenir del individuo y de la humanidad. La fragilidad de ciertos tejidos, tales como la sustancia nerviosa, es tan grande, que su estudio en estado vivo, es casi imposible. No poseemos técnicas capaces de introducirnos en los misterios del cerebro y en la armoniosa asociación de sus células. Nuestro espíritu, que ama la sobria belleza de las fórmulas matemáticas, se encuentra perdido en medio de la mezcla prodigiosamente compleja de las células, de los humores y de la conciencia que constituyen al individuo. Procura entonces aplicar a aquél los conceptos que pertenecen a la física, a la química y a la mecánica y a las disciplinas filosóficas y religiosas. Pero no ha logrado éxito, porque no somos reductibles ni a un sistema físico-químico, ni a un principio espiritual. Por cierto, la ciencia del hombre debe utilizar los conceptos de todas las otras ciencias. Sin embargo, resulta imperativo que desarrolle las suyas propias, porque éstas son tan fundamentales como las ciencias de las moléculas, de los átomos y de los electrones.
En resumen, la lentitud del progreso del conocimiento del ser humano con relación a la espléndida ascensión de la física, de la astronomía, de la química y de la mecánica, es debida a la falta de tiempo, a la complejidad del objeto, a la forma de nuestra inteligencia. Dificultades de tal magnitud son demasiado fundamentales para que se pueda esperar atenuarlas. Para dominarlas necesitamos un gran esfuerzo. Nunca el conocimiento de nosotros mismos alcanzará la elegante sencillez y la belleza de la física. Los factores que han retardado su desarrollo son permanentes. Es preciso establecer con claridad que la ciencia del ser humano es, entre todas las ciencias, la que presenta mayores dificultades.

III

De cómo las Ciencias Físicas y Químicas han transformado nuestro medio.

El medio sobre el cual el alma de nuestros antepasados se ha modelado durante milenios, ha sido reemplazado por otro y nosotros hemos acogido sin emoción esta revolución pacífica. Sin embargo, constituye uno de los sucesos más importantes de la historia de la humanidad, porque toda modificación del medio viene a tener una resonancia inevitable y de manera profunda sobre los seres vivientes. Es, pues, indispensable comprender la extensión de las transformaciones que la ciencia ha impuesto a la vida ancestral y por lo tanto a nosotros mismos.
Desde el advenimiento de la industria, gran parte de la población se encuentra confinada en espacios restringidos. Los obreros viven en rebaños, sea en los suburbios de las grandes ciudades, sea en las aldeas construidas por ellos. Trabajan en las fábricas a horas fijas, en un trabajo fácil, monótono y bien pagado. En las ciudades habitan igualmente los trabajadores de las oficinas, los empleados de los almacenes, de los bancos, de la administración pública, los médicos, los abogados, los profesores y la muchedumbre de aquellos que, directa o indirectamente, viven del comercio y de la industria. Tanto las fábricas como las oficinas son vastas, claras y limpias. La temperatura permanece igual, porque los aparatos de calefacción y de refrigeración elevan la temperatura durante el invierno y la bajan durante el verano. Los rascacielos de las grandes ciudades han transformado las calles en zanjas oscuras, pero la luz del sol se ha reemplazado en el interior de los departamentos por una luz artificial rica en rayos ultravioletas. En lugar del aire de la calle impregnado de vapores de bencina, las oficinas y los talleres reciben el aire aspirado al nivel del techo. Los habitantes de la Ciudad nueva se encuentran protegidos contra la intemperie. No viven como antes cerca de su taller, de su almacén o de su oficina. Los unos, los más ricos, habitan gigantescos edificios de las grandes avenidas. Los reyes de ese extraño mundo poseen en la cumbre de torres vertiginosas, casas deliciosas rodeadas de árboles, césped y flores. Se encuentran al abrigo del ruido, del polvo y de la agitación como en la cima de una montaña. Se mantienen más completamente aislados del común de los seres humanos, que lo estuvieron antes los señores feudales detrás de las murallas y los fosos de sus fuertes castillos. Los otros, aun los más modestos, se alojan en departamentos cuyo confort sobrepasa al que rodeaba a Luis XIV o a Federico el Grande. Muchos tienen su domicilio lejos de la ciudad. Cada atardecer los trenes rápidos transportan una muchedumbre innumerable hacia los extramuros cuyas anchas avenidas abiertas entre alfombras de verde césped y árboles se encuentran guarnecidas de casas bellas y confortables. Los obreros y los más humildes empleados poseen casas mejor acondicionadas que las que ayer no más poseían los ricos. Los aparatos de calefacción de marcha automática que rigen la temperatura de las casas, los refrigeradores, los proveedores eléctricos, las máquinas domésticas empleadas en la preparación de los alimentos y el aseo de las habitaciones, las salas de baño y los garajes para automóviles, dan a la habitación de todos no solamente en las ciudades sino también en el campo un carácter que no pertenecía antes sino a muy raros privilegiados de la fortuna.
Lo mismo que la habitación, el modo de vivir se ha transformado. Esta transformación se debe sobre todo a la rapidez y a la aceleración de las comunicaciones. Es evidente que el uso de los trenes y de los barcos modernos, de los aviones, de los automóviles, del telégrafo y del teléfono ha modificado las comunicaciones de los hombres y de los países los unos con los otros. Cada cual hace muchas más cosas que antes y toma parte en mayor número de acontecimientos. Entra también en contacto con un número mucho más considerable de individuos. Los momentos vacíos de su existencia son excepcionales. Los grupos estrechos de la familia, de la parroquia, se han disuelto. La vida del pequeño grupo ha sido sustituida por la de la muchedumbre. Se considera la soledad como un castigo o como un lujo raro. El cine, los espectáculos deportivos, los clubes, los meetings [ [2] ] de toda especie, las aglomeraciones de las grandes fábricas, los grandes almacenes y los grandes hoteles, han dado a los individuos el hábito de vivir en común. Gracias al teléfono, a la radio y a los discos de los gramófonos, la banalidad vulgar de la multitud con sus placeres y su psicología, penetra sin cesar en los domicilios de los particulares, aun en los sitios más aislados y lejanos. A cada instante, cada cual está en comunicación directa con otros seres humanos y se mantiene al corriente de los sucesos, minúsculos o importantes, que ocurren en su aldea, o en su ciudad, o en los extremos del mundo. Las campanas de Westminster se hacen oír en las casas más ignoradas del fondo de la campiña francesa. El hacendado de Vermont oye, si le place, a los oradores que hablan en Berlín, en Londres o en París.
Las máquinas han disminuido en todas partes el esfuerzo y la fatiga en las ciudades como en el campo, en las casas particulares como en la fábrica, en el taller, en los caminos, en los campos o en las haciendas. Las escaleras han sido reemplazadas por ascensores. Ya no existe la necesidad de caminar. Se circula en automóvil, en ómnibus y en tranvía aun cuando la distancia sea pequeña. Los ejercicios naturales, tales como la carrera y la marcha en camino accidentado, la ascensión de las montañas, el trabajo de la tierra con herramientas, la lucha contra la selva con el hacha, la exposición a la lluvia, al sol y al viento, al frío y al calor, se han convertido en ejercicios bien reglamentados donde el riesgo es menor, y en máquinas que suprimen todo esfuerzo. Hay en todas partes canchas de tenis, campos de golf, salones de patinar con hielo artificial, piscinas tibias, arenas donde los atletas se entrenan y luchan al abrigo de la intemperie. Todos pueden así desarrollar sus músculos evitando la fatiga y la continuidad del esfuerzo que antes exigían los ejercicios apropiados a una forma más primitiva de vida.
La alimentación de nuestros antepasados que estaba compuesta sobre todo de harinas groseras, carne y bebidas alcohólicas, ha sido sustituida por una alimentación mucho más delicada y variada. Las carnes de buey y de cordero no son ya la base de la alimentación. La leche, la crema, la mantequilla, los cereales blancos a causa de la eliminación de su envoltura natural, los frutos de las regiones tropicales lo mismo que los de las temperadas, las legumbres frescas o en conserva, las ensaladas, el azúcar en gran abundancia bajo la forma de tortas, bombones y puddings, son los elementos principales de la alimentación moderna. Sólo el alcohol ha conservado el lugar que tenía antes. La alimentación de los niños ha sido modificada más profundamente aún. Su abundancia se ha hecho muy grande. Igual ocurre con la de los adultos. La regularidad de las horas de trabajo en las oficinas y en las fábricas, ha traído consigo la regularidad en las comidas. Gracias a la riqueza, que hasta estos últimos años era general, y gracias a la disminución del espíritu religioso y a los ayunos rituales, jamás los seres humanos han sido alimentados de manera tan continua y bien reglamentada.
Es esta riqueza la que ha permitido igualmente la enorme difusión de la educación. En todas partes se han construido escuelas y universidades invadidas por muchedumbres inmensas de estudiantes. La juventud ha comprendido el papel de la ciencia en el mundo moderno. “Knowledge is power”, ha escrito Bacon. [[3]]  Todas estas instituciones se han consagrado al desarrollo intelectual de los niños y de los jóvenes. Al mismo tiempo, se ocupan con la mayor atención de su estado físico. Se diría que los establecimientos educacionales se interesan sobre todo en la inteligencia y en los músculos. La ciencia ha demostrado su utilidad de una manera tan evidente que se le ha dado el primer sitio en los estudios. Multitud de jóvenes se someten a sus disciplinas. Pero los institutos científicos, las universidades y las organizaciones industriales han construido tantos laboratorios, que cada cual puede encontrar un empleo según sus conocimientos particulares.
La forma de vida de los hombres modernos ha recibido la marca de la higiene, de la medicina y de los principios resultantes de los descubrimientos de Pasteur. La promulgación de sus doctrinas, ha sido para la humanidad de una alta importancia. Gracias a ellas, las enfermedades infecciosas que barrían periódicamente los países civilizados, han sido suprimidas. Se ha demostrado la necesidad de la limpieza. De ello ha resultado una enorme disminución en la mortalidad de los niños. La duración media de la vida ha aumentado de sorprendente manera. Alcanza hoy día los cincuenta y nueve años en los Estados Unidos y los sesenta y cinco en Nueva Zelanda. Las gentes no logran vivir mayor número de años, pero hay muchas más gentes que llegan a viejos. La higiene ha acrecentado, pues, en gran manera la cantidad de seres humanos. Al mismo tiempo la medicina, por una mejor concepción de la naturaleza de las enfermedades, y por una aplicación juiciosa de las técnicas quirúrgicas, ha extendido su bienhechora influencia sobre los débiles, los incompletos, los expuestos a las enfermedades microbianas, sobre aquellos, en fin, que antes no eran capaces de soportar las condiciones de una existencia más ruda. Es una ganancia enorme en capital humano lo que la civilización ha realizado por su intermedio. Y cada individuo le debe asimismo una seguridad mucho más grande ante la enfermedad y el dolor.
El medio intelectual y moral en el cual nos hallamos sumergidos, ha sido también modelado por la ciencia. El mundo donde vive el espíritu de los hombres de hoy día, no es de ninguna manera el de sus antepasados. Ante los triunfos de la inteligencia que nos aportan la riqueza y el confort, los valores morales, naturalmente, han disminuido. La razón ha barrido con las creencias religiosas. Sólo importan el conocimiento de las leyes naturales y la potencia que este conocimiento nos da sobre el mundo material y los seres vivientes. Los bancos, las universidades, los laboratorios, las escuelas de medicina, se han tornado tan bellas como las antiguas catedrales, los templos góticos y los palacios de los Papas. Hasta la reciente catástrofe [[4]], el presidente del banco o el del ferrocarril, era el ideal de la juventud. Sin embargo, el presidente de una gran universidad está colocado todavía muy alto en el espíritu de la sociedad porque dispensa la ciencia, y la ciencia es la generadora de la riqueza, del bienestar y de la salud. Pero la atmósfera en la cual bañan su cerebro las masas, cambia ligero. Banqueros y profesores han descendido en la estimación del público. Los hombres de hoy día son suficientemente instruidos para leer diariamente los periódicos y escuchar los discursos radiodifundidos por los políticos, los comerciantes, los charlatanes y los apóstoles. Se encuentran impregnados de propaganda comercial, política o social, cuyos técnicos se perfeccionan más y más. Al mismo tiempo leen los artículos y los libros de divulgación científica y filosófica. Nuestro universo, gracias a los magníficos descubrimientos de la física y de la astrofísica, se ha tornado de una grandeza sorprendente. Cada cual puede, si le place, escuchar las teorías de Einstein o leer los libros de Eddington y de Jeans, los artículos de Shapley y de Millikan. Se interesa tanto en los rayos cósmicos, como en los artistas de cine y en los jugadores de baseball. Se sabe que el espacio es redondo, que el mundo se compone de fuerzas ciegas e inconocibles, que nosotros somos partículas infinitamente pequeñas en la superficie de un grano de polvo perdido en la inmensidad del cosmos. Y que aquél, está completamente privado de vida y de pensamiento. Nuestro universo ha llegado a ser exclusivamente mecánico. Y no puede ser de otra manera puesto que su existencia es debida a la técnica de la física y de la astronomía. Como todo lo que rodea hoy día a los seres humanos, constituye la expresión del maravilloso desarrollo de las ciencias de la materia inanimada.

IV

Lo que ha resultado para nosotros

Las profundas modificaciones impuestas a las costumbres de la humanidad por las aplicaciones de la ciencia son recientes. De hecho, nos encontramos todavía en plena revolución. También es difícil saber exactamente el efecto de la sustitución de las condiciones naturales de la vida por este modo de vida artificial de existencia, y lo que este cambio tan marcado del medio ha tenido que obrar sobre los seres civilizados. Es indudable, sin embargo, que ello ha producido algún efecto. Porque todo ser viviente depende estrechamente de su medio y se adapta a las fluctuaciones del mismo por una evolución apropiada. Hace falta, pues, preguntarse de qué manera los hombres han sido influenciados por el modo de vivir, la habitación, el alimento, la educación y las costumbres intelectuales y morales que les ha impuesto la civilización moderna. Para responder a esta tan grave pregunta es preciso examinar con minuciosa atención lo que sucede actualmente en las poblaciones que han sido las primeras en beneficiarse con las aplicaciones de los descubrimientos científicos.
Es evidente que los hombres han acogido con alegría la civilización moderna. Han llegado con rapidez desde los campos a las ciudades y a las fábricas. Se han apresurado a adoptar el modo de vivir y la manera de ser de la nueva era. Han abandonado sin vacilar sus antiguas costumbres, porque esas costumbres exigían un esfuerzo mayor. Es menos fatigoso trabajar en una fábrica o en una oficina que en los campos. Y aún allí, la dureza de la existencia ha sido muy disminuida por las máquinas. Las casas modernas nos aseguran una vida pareja y dulce. Por su confort y su luz, dan a aquellos que las habitan el sentimiento del reposo y de la alegría. Su disposición atenúa también el esfuerzo exigido antes por la vida doméstica. Además de la adquisición del menor esfuerzo y la adquisición del bienestar, los seres humanos han aceptado con alegría la posibilidad de no estar solos nunca, de gozar de las distracciones continuas de la ciudad, de formar parte de las grandes muchedumbres y de no pensar jamás. Han aceptado igualmente ser relevados por una educación puramente intelectual, de la sujeción moral impuesta por la disciplina puritana y por las reglas religiosas. La vida moderna les ha hecho verdaderamente libres. Les ha impulsado a adquirir la riqueza por todos los medios, siempre que estos medios no los conduzcan ante los tribunales. Les ha franqueado todas las comarcas de la tierra y también todas las supersticiones. Les ha permitido la excitación frecuente y la satisfacción fácil de sus apetitos sexuales. Ha suprimido, en fin, la disciplina, el esfuerzo, y con ello, cuanto era desagradable y molesto. Las gentes, sobre todo en las clases inferiores, son materialmente más felices que antes. Muchas, sin embargo, cesan poco a poco de apreciar las distracciones y los placeres banales de la vida moderna. A veces su salud no les permite continuar indefinidamente los excesos alimenticios, alcohólicos y sexuales a los cuales los arrastra la supresión de toda disciplina. Por otra parte se sienten asediados por el temor de perder su empleo, sus economías, su fortuna, sus medios de subsistencia. No pueden satisfacer la necesidad de seguridad que existe en el fondo de cada uno de nosotros. A despecho de la tranquilidad social, permanecen inquietos y a menudo, aquellos que son capaces de reflexionar, se sienten desgraciados.
ES cierto, sin embargo, que la salud ha mejorado. No solamente la mortalidad es menos grande, sino que cada individuo es más bello, más alto y más fuerte. Los niños son hoy día de una talla superior a la de sus padres. La forma de alimentación y los ejercicios físicos han elevado la estatura y aumentado la fuerza muscular. A menudo son los Estados Unidos los que proveen al mundo de los mejores atletas. Se encuentran hoy día en los equipos deportivos de las universidades, muchachos que son “especimenes” verdaderamente magníficos de los seres humanos. En las presentes condiciones de la educación americana, el esqueleto y los músculos se desarrollan de manera perfecta. Se ha llegado, incluso, a reproducir las formas más admirables de la belleza antigua. Ciertamente la duración de la vida de los hombres habituados a los deportes y que llevan la vida moderna, no es superior a la de sus antepasados y acaso sea más corta. Parece ser también que su resistencia a la fatiga no es demasiado grande. Se diría que los individuos arrastrados a los ejercicios naturales y expuestos a la intemperie como lo estaban sus antepasados, eran capaces de más largos y duros esfuerzos que nuestros atletas. Éstos tienen necesidad de dormir mucho, de una buena alimentación y de hábitos regulares. Su sistema nervioso es frágil. Soportan mal la vida de las grandes oficinas, de las grandes ciudades, de los negocios complicados y aun de las dificultades y sufrimientos ordinarios de la vida. Los triunfos de la higiene y de la educación moderna, no son quizá tan ventajosos como parecen a primera vista.
Es preciso preguntarse asimismo, si la enorme disminución de la mortandad durante la infancia y la juventud, no presenta algunos inconvenientes. En efecto, se conservan tanto los débiles como los fuertes. La selección natural no tiene papel alguno. Nadie sabe cual podrá ser el futuro de una raza protegida de tal manera por la ciencia médica. Pero nos enfrentamos además con un problema mucho más grave y que exige una solución inmediata. Al mismo tiempo que las enfermedades como las diarreas infantiles, la tuberculosis, la difteria, la fiebre tifoidea, son eliminadas y la mortalidad disminuye, el número de enfermedades mentales aumenta. En ciertos Estados, la cantidad de locos internados en ciertos asilos sobrepasa a la de todos los otros enfermos hospitalizados. Al margen de la locura, el desequilibrio nervioso acentúa su frecuencia y es uno de los factores más activos de la desdicha de los individuos y de la desgracia de las familias. Quizás este deterioro mental es más peligroso para la civilización que las enfermedades infecciosas de las cuales se han ocupado exclusivamente la medicina y la higiene.
A pesar de las inmensas sumas que se gastan para educar a los niños y a los jóvenes, no parece tampoco que la élite intelectual sea más numerosa. El término medio es, en cambio, sin duda más instruido y cortés. El gusto por la lectura es mayor. Se compran muchos más libros y revistas que antes. El número de personas que se interesan en la ciencia, en la literatura, en el arte, ha aumentado. Pero son las formas más bajas de la literatura y los más humildes contrafuertes del arte los que, por lo general, atraen al público. No parece que las excelentes condiciones higiénicas en las cuales se educa a los niños y los cuidados de que son objeto en las escuelas, hayan logrado elevar su nivel intelectual y moral. Aún es posible preguntarse si no existe una especie de antagonismo entre su desarrollo físico y su desarrollo mental. Después de todo, ignoramos si el aumento de la estatura en una raza dada, sea una degeneración en lugar de un progreso como lo creemos hoy día. Ciertamente, los niños son mucho más felices en las escuelas dónde la sujeción ha sido suprimida, dónde no hacen sino lo que les interesa y dónde la atención del espíritu y la atención voluntaria no les son exigidas. ¿Cuáles son los resultados de tal educación? En la civilización moderna, el individuo se caracteriza sobre todo por una gran actividad dirigida principalmente hacia el lado práctico de la vida, por una gran ignorancia, por cierta malicia y por un  estado de debilidad mental que le hace sufrir de una manera profunda la influencia del medio en que suele encontrarse. Parece que con la ausencia de envergadura moral, la inteligencia misma se desvanece. Por esto es quizás que esta facultad, antes tan característica de Francia, haya descendido de manera tan manifiesta en ese país. En los Estados Unidos, el nivel intelectual permanece inferior a pesar de la multiplicación de las escuelas y de las universidades.
Se diría que la civilización moderna es incapaz de producir una élite dotada a la vez de imaginación, de inteligencia y de valor. En casi todos los países hay una disminución del calibre intelectual en aquellos que llevan consigo la responsabilidad de la dirección de los negocios políticos, económicos y sociales. Las organizaciones financieras, industriales y comerciales han alcanzado gigantescas dimensiones. Han sido influidas, no solamente por las condiciones del país en que han nacido, sino también por el estado de los países vecinos y del mundo entero. En cada nación, las modificaciones sociales se producen con gran rapidez. Casi en todas partes el valor del régimen político está puesto en tela de juicio. Las grandes democracias se encuentran frente a los temibles problemas que interesan su existencia misma y cuya solución es urgente. Y nos damos cuenta de que, a despecho de las inmensas esperanzas que la humanidad había colocado en la civilización moderna, esta civilización no ha sido capaz de desarrollar hombres bastante inteligentes y audaces para dirigirla por el camino peligroso por donde se ha adentrado. Los seres humanos no han crecido en la misma proporción que las instituciones nacidas de su cerebro. Los amos son, sobre todo, la debilidad intelectual y moral, y es su ignorancia la que pone en peligro nuestra civilización.
Es preciso preguntarse, en fin, qué influencias tendrá para el porvenir de la raza el nuevo género de vida. La respuesta de las mujeres a las modificaciones aportadas a las costumbres ancestrales por la civilización moderna, ha sido inmediata y decisiva. La natalidad ha bajado en el acto. Este fenómeno tan importante, ha sido más precoz y más grave en las capas elevadas de la sociedad y en las naciones que, las primeras, se han beneficiado con los progresos engendrados directa o indirectamente con la ciencia. La esterilidad voluntaria de las mujeres no es una cosa nueva en la historia de los pueblos. Se produjo ya en ciertos períodos de las civilizaciones pasadas. Es un síntoma clásico cuyo significado conocemos.
Es evidente, pues, que los cambios operados en nuestro medio por las aplicaciones de la ciencia, han ejercido sobre nosotros efectos notables. Estos efectos tienen un carácter inesperado. Son ciertamente muy distintos de lo que se creyó y de lo que se creía legítimamente poder alcanzar a causa de las mejoras de toda clase efectuadas en la habitación, el género de vida, la alimentación, la educación y la atmósfera intelectual de los seres humanos. ¿Cómo ha podido obtenerse un resultado tan paradojal?

V

Estas transformaciones del medio son temibles, porque han sido hechas sin conocimiento de nuestra naturaleza.

Se podría dar a esta observación una respuesta sencilla. La civilización moderna se encuentra en situación sospechosa, porque no nos conviene. Ha sido construida sin conocimiento de nuestra verdadera naturaleza. Es debida al capricho de los descubrimientos científicos, de los apetitos de los hombres, de sus ilusiones, de sus teorías, de sus deseos. Aunque edificada por nosotros, no está hecha a nuestra medida.
En efecto, es evidente que la ciencia no ha seguido en este caso ningún plan. Se ha desarrollado al azar a partir del nacimiento de algunos hombres de genio y de la forma de su espíritu. No ha sido en modo alguno inspirada por el deseo de mejorar la calidad de los seres humanos. Los descubrimientos se producen a la medida de las instituciones de los sabios y de las circunstancias más o menos fortuitas de su carrera. Si Galileo, Newton o Lavoisier hubieran aplicado el poder de su espíritu al estudio del cuerpo y de la conciencia, quizás nuestro mundo sería diferente de lo que es hoy. Los hombres de ciencia ignoran adónde van. Están guiados por el azar, por razonamientos sutiles, por una especie de clarividencia. Cada uno de ellos es un mundo aparte gobernado por sus propias leyes. De tiempo en tiempo, las cosas oscuras para los otros, se vuelven claras para ellos. En general, los descubrimientos se hacen sin prever de ninguna manera sus consecuencias; consecuencias que han dado forma a nuestra civilización.
Entre las riquezas de los descubrimientos científicos, hemos hecho una sucesión de elecciones, y estas elecciones no han sido determinadas por la consideración de un interés superior de la humanidad. Han seguido sencillamente la pendiente de nuestras inclinaciones naturales, que son los principios de la mayor comodidad y del menor esfuerzo, el placer que nos dan la velocidad, el cambio y el confort y también la necesidad de huir de nosotros mismos. Todo este conjunto constituye ciertamente un éxito de las nuevas invenciones. Pero nadie se ha preguntado de qué manera los seres humanos soportarían la aceleración enorme del ritmo de la vida producida por los transportes rápidos, el telégrafo, el teléfono, las máquinas de escribir y de calcular, que efectúan hoy todos los pausados trabajos domésticos de antes. La adopción universal del avión, del automóvil, del cine, del teléfono, de la radio y pronto de la televisión, es debida a una tendencia tan natural como aquella que en el fondo de la noche de los tiempos determinó el uso del alcohol. La calefacción de las casas por medio del vapor, el alumbrado eléctrico, los ascensores, la moral biológica, las manipulaciones químicas dentro de la alimentación, han sido aceptadas únicamente porque estas innovaciones eran agradables y cómodas. Pero su efecto probable sobre los seres humanos, no ha sido tomado en consideración.
En la organización del trabajo industrial, la influencia de la fábrica sobre el estado fisiológico y mental de los obreros, no ha sido absolutamente tomado en cuenta. La industria moderna se encuentra basada sobre la concepción máxima al precio más bajo, a fin de que un individuo o un grupo de individuos ganen el mayor dinero posible. Se encuentra desarrollada sin idea de la naturaleza verdadera de los seres humanos que manejan las máquinas, y sin la preocupación de lo que pueda producir sobre ellos y su descendencia, la vida artificial impuesta por la fábrica. La construcción de las grandes ciudades no se ha hecho tampoco tomándonos mayormente en cuenta. La forma y dimensiones de los edificios modernos se ha inspirado en obtener la ganancia máxima por metro cuadrado de terreno y ofrecerlos a los arrendatarios de oficinas y departamentos a quienes convengan. Se ha llegado así a la construcción de edificios gigantes que acumulan en un espacio restringido, masas considerables de individuos. Éstos las habitan con placer, porque gozan del confort y del lujo, sin darse cuenta de que están en cambio privados de lo necesario. La ciudad moderna se compone de estas habitaciones monstruosas y de calles oscuras, llenas de aire impregnado de humo, polvo, vapores de bencina y los productos de su combustión, desgarradas por el estrépito de los tranvías y camiones y llenas sin cesar de una inmensa muchedumbre. Es evidente que no se han construido para el bien de sus habitantes.
Nuestra vida se halla asimismo influenciada en una inmensa medida por los periódicos. La publicidad está hecha únicamente en interés de los productores y jamás de los consumidores. Por ejemplo, se hace creer al público que el pan blanco es superior al pan negro. La harina ha sido cernida de manera más y más completa y privada entonces de sus principios más útiles. Pero en cambio se conserva mejor y el pan se elabora más fácilmente. Los molineros y los fabricantes ganan más dinero. Los consumidores comen, sin duda, un producto inferior. Y en todos los países en dónde el pan es la parte primordial de la alimentación, las poblaciones degeneran. Se consumen enormes sumas en la publicidad comercial. De esta manera, cantidades de productos alimenticios y farmacéuticos inútiles y a menudo dañinos, se han convertido en una necesidad para los hombres civilizados. Y es así como la avidez de los individuos bastante hábiles para dirigir el gusto de las masas populares hacia los productos que necesitan vender, representa un papel capital en nuestra civilización.
Sin embargo, las influencias que obran sobre nuestro modo de vivir no tienen siempre el mismo origen. A menudo en lugar de ejercerse en el interés financiero de los individuos o de los grupos de individuos, tienen realmente como fin la ventaja general. Pero su efecto puede ser dañino si aquellos de los cuales emana, aunque honrados, tienen una concepción falsa o incompleta del ser humano. ¿Hace falta, por ejemplo, gracias a una alimentación y a ejercicios apropiados, activar cuanto es posible el aumento de peso y la talla de los niños, como lo hacen la mayor parte de los médicos? ¿Son superiores los niños altos y macizos a los niños de escasa estatura? El desarrollo de la inteligencia, de la actividad, de la audacia, de la resistencia a las enfermedades no tiene en realidad  correlación alguna con el desarrollo del volumen del individuo. La educación dada en las universidades y en las escuelas que consiste sobre todo en la cultura de la memoria, de los músculos y de ciertas costumbres mundanas ¿se dirige verdaderamente a los hombres modernos que deben estar bien provistos de equilibrio mental, de resistencia nerviosa, de juicio, de valor moral y de solidez ante la fatiga? ¿Por qué los higienistas se comportan como si el hombre fuese únicamente un ser expuesto a las enfermedades infecciosas cuando está amenazado de manera tan peligrosa por las afecciones nerviosas y mentales y por la debilidad de espíritu? Aunque los educadores, los médicos y los higienistas apliquen con desinterés sus esfuerzos en provecho de los seres humanos, no logran su fin, porque se atienen a esquemas que no contienen sino una parte pequeña de la realidad. Otro tanto ocurre con aquellos que toman sus deseos, sus sueños o sus doctrinas, por el ser humano concreto. Edifican una civilización que, destinada por ellos a los hombres, no conviene en realidad sino a imágenes incompletas o monstruosas del hombre. Los sistemas de gobierno construidos por piezas en el espíritu de los teóricos no son sino castillos en el aire. El hombre al cual se aplican los principios de la Revolución Francesa es tan irreal como aquél que, en las visiones de Marx o de Lenin, construirá la sociedad futura. No debemos olvidar que las leyes de las relaciones humanas son todavía desconocidas. La sociología y la economía política no son sino ciencias de conjeturas o pseudo ciencias.
Parece, pues, que el medio en el cual hemos logrado introducirnos gracias a la ciencia, no nos conviene, porque ha sido construido al azar, sin conocimiento suficiente de la naturaleza de los seres humanos y sin consideración hacia ellos.

VI

Necesidad práctica del conocimiento del hombre

En suma, las ciencias de la materia han hecho inmensos progresos, mientras que las de los seres vivientes han permanecido en estado rudimentario. El retardo de la biología es atribuido a las condiciones de existencia de nuestros antepasados, a la complejidad de los fenómenos de la vida y a la naturaleza misma de nuestro espíritu que se complace en las construcciones mecánicas y las abstracciones matemáticas. Las aplicaciones de los descubrimientos científicos han transformado nuestro mundo material y mental. Estas transformaciones han tenido sobre nosotros una influencia profunda y sus efectos nefastos provienen de que han sido hechas sin consideración hacia nosotros. Y es la ignorancia sobre nosotros mismos, lo que ha dado a la mecánica, a la física y a la química, el poder de modificar, al azar, las formas antiguas de la vida.
El hombre debería ser la medida de todo. En realidad, es un extranjero en el mundo que ha creado. No ha sabido organizar este mundo para él porque no poseía un conocimiento positivo de su propia naturaleza. El avance enorme de las ciencias inanimadas sobre las ciencias de los seres vivientes es uno de los sucesos más trágicos de la historia de la humanidad. El medio construido por nuestra inteligencia y nuestras invenciones no se ajusta ni a nuestro tamaño ni a nuestra forma. No nos queda bien. Somos desgraciados. Degeneramos moral y mentalmente. Y son precisamente los grupos y las naciones en que la civilización industrial ha alcanzado su apogeo los que se debilitan más. Es allí donde el retorno a la barbarie es más rápido. Permanecen sin defensa ante el medio adverso que les ha proporcionado la ciencia. En verdad, nuestra civilización como las que la han precedido, ha creado condiciones que, por razones que no conocemos exactamente, hacen que la vida misma se torne imposible. La inquietud y las desgracias de la Ciudad Nueva provienen de sus instituciones políticas, económicas y sociales, pero, sobre todo, de su propia decadencia. Son víctimas del retardo de las ciencias de la vida sobre las de la materia.
Solamente un conocimiento mucho más profundo de nosotros mismos puede aportar un remedio a este mal. Gracias a ello veremos por qué mecanismos la existencia moderna afecta nuestra conciencia y nuestro cuerpo. Sabremos cómo adaptarnos a este medio, cómo defendernos, y también cómo reemplazarlo, en caso de que una revolución dentro del mismo se hiciera indispensable. Mostrándonos a nosotros mismos lo que somos, nuestras potencias y la manera de actualizar con ellas, este conocimiento nos dará la explicación de nuestra debilidad fisiológica, de nuestra enfermedades morales e intelectuales. Y sólo él puede revelarnos las leyes inexorables en las cuales están encerradas nuestras actividades orgánicas y espirituales, hacernos distinguir lo prohibido de lo permitido y enseñarnos que no somos libres para modificar, según nuestra fantasía, ya sea nuestro medio, ya sea a nosotros mismos. En verdad, desde que las condiciones naturales de la existencia han sido suprimidas por la civilización moderna, la ciencia del hombre ha llegado a ser la más necesaria de todas las ciencias.

No hay comentarios:

Publicar un comentario